Abismos humanos

Le gustaba seducir a desconocidos.

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Imagen  vía Pinterest

Lo que había empezado casi como un juego inocente que la sacaba del tedio insoportable de las clases en la universidad, de la monotonía de su vida de niña rica y de la inmensa angustia en la que se movía su alma; se convirtió en la edad adulta en un salto completo al vacío.

Su matrimonio completamente convencional, un marido trabajador y bueno, sus dos hijos de anuncio, y una amigas instaladas como ella en la comodidad; no lograron traerle la ansiada calma.

Así que, en los momentos en los que se quedaba sola, planificaba punto por punto su estrategia, elegía primero el lugar de su aventura: un museo, el parque lleno de papis que cuidaban a sus hijos, el metro, el cine. Nunca bares, los consideraba espacios llenos de amargura donde se encontraba a ciertas horas lo peor del ser humano. Ella era ante todo una mujer pulcra y cuidadosa.

Una vez seleccionado el escenario solo quedaba comenzar la tarea. En esos días de caza se acicalaba cuidadosamente, era guapa y lo sabía, solo tenía que potenciar un poco su belleza, vestir con elegancia y fingir un cierto aire de frialdad, como de antigua esfinge. Había comprobado que a los hombres les encantaba la sensación de derrotar a la estatua, de derretir el hielo.

Después, ya sobre el terreno, elegía a su presa. No tenía normas fijas, solamente evitaba los excesos; nunca demasiado jóvenes o demasiado viejos, demasiado feos o demasiado gordos. Por lo demás no tenía excesivos reparos, ni hacía presuposiciones, de hecho los aparentemente más tímidos la habían sorprendido en más de una ocasión.
De esta forma había acumulado decenas de conquistas, trofeos masculinos que una vez conseguidos le causaban una sensación de desesperanza que crecía dentro de ella como un tumor oscuro. Tras el breve encuentro, sin nombres, sin teléfonos, sin esperanzas de una segunda cita (en ese sentido era inflexible), volvía a su casa.

Regresaban las rutinas, los niños, el colegio, las comidas con amigas siempre a dieta, el marido aburrido, el pádel, el aperitivo los domingos. La negrura más absoluta, la nada asfixiante de una vida normal y feliz.

Saber que tu mujer se acuesta con desconocidos no es algo que se asuma fácilmente. Descubrirlo por casualidad fue un golpe brutal, un dolor que se instaló en el centro del pecho durante días y días como una garra apretando el corazón; después un par de semanas de tensa espera, temiendo y deseando a la vez que ella me lo contara.

Pero no fue así, nunca es así.

Adivino sus encuentros por la expresión de sus ojos, se vuelven más alegres, chispeantes, se llenan de vida; después vuelven a ser otra vez un pozo sin luz, abismos en los que casi nunca me veo reflejado, apagados y tristes. He aprendido a mirar hacia otro lado, a no hacer preguntas, prefiero ignorar. Amar a alguien supone a veces hacer ciertas renuncias. Mi mujer me quiere, yo lo sé, sino ya se habría ido.

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