Blanca y radiante

Silvia se levantó a las ocho. Había pasado una mala noche. Prácticamente había visto todas las horas del reloj y tenía la cabeza completamente embotada, como llena de una niebla espesa y pegajosa.

Pese al cansancio y como una forma de autocastigo, saltó de la cama y no se permitió ni un minuto de descanso entre las sábanas.

En el baño descubrió que había empezado con la regla, si tenía en cuenta que era el día de su boda y que no la esperaba hasta dentro de una semana, estaba claro (por lo menos para ella), que no se trataba del mejor de los augurios.

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Imagen vía Pinterest

Para vencer la modorra se preparó un café y dedicó unos veinte minutos de su tiempo a perderse en sus pensamientos mientras miraba sin ver a través de la ventana. Se sentía especialmente nerviosa y le asaltaban millones de dudas.

De repente una súbita sensación de terror la golpeó en la boca del estómago. Llevaba un año preparando ese momento: invitaciones, arreglos florales, traje, celebración, viaje a un destino soñado. Todo había sido perfectamente organizado y había pasado sus exigentes estándares de control de calidad.

Pero, esa mañana, Silvia no se encontraba bien. De hecho estaba a varios kilómetros de ese lugar. Se sentía abrumada, pérdida y triste. Pensaba en su vida futura y un abismo negro se abría bajo sus pies.

No se trataba de su novio, que era un hombre estupendo y la quería con locura; no era eso no, era otra cosa. Una sensación molesta como un zumbido que de pronto se instala en el oído o una piedrecita en un zapato.

No sabía explicarse muy bien lo que le pasaba pero podríamos decir que no era todo lo feliz que debe serlo una novia en su gran día.

Para aclararse un poco decidió darse una ducha esperando que el agua la limpiara por dentro y por fuera y que le diera al mismo tiempo una nueva percepción de las cosas. Una visión mejorada del asunto.

Al terminar, mientras se secaba con su toalla de siempre, tomó una decisión difícil, una decisión arriesgada y súbita que cambiaría para siempre su destino.

Metió como pudo un barullo de cosas en su bolsa de viaje, se recogió el pelo, se pintó los labios de rojo y salió cerrando suavemente la puerta de su casa sabiendo, en el fondo de su corazón que no volvería jamás.

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2 thoughts on “Blanca y radiante

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