El día que Buda se vino a vivir a mi casa I

Hace unos cuatro años me dio una ventolera espiritual muy fuerte y empecé a interesarme por temas que siempre me habían atraído pero a los que nunca había prestado excesiva atención. Uno de mis preferidos era y es el budismo. Dejando claro que no soy ninguna experta, voy a intentar explicar lo que significa para mí y como conocerlo me ha cambiado tanto la vida.

Vamos a empezar por el principio.

Hace unos 2600 años nació un hombre en Nepal que transformaría, sin saberlo, las bases de la cultura y la forma de vivir de millones de habitantes de este planeta.

Siddharta Gautama Buda no era un hombre como los demás, hijo de unos de los reyes de la zona, vivía rodeado de comodidades en un palacio del que su padre no quería que saliera. Fuera, en casi todo el país, la gente sobrevivía miserablemente sometida a los vaivenes de las cosechas, las enfermedades y la tiranía de los señores. El padre de Siddharta creía que su hijo no necesitaba para nada conocer todo eso, su vida era perfecta dentro de los muros de su palacio.

Pero Siddharta tenía otros planes. Deseando conocer lo que le rodeaba, le pedía a su padre que le dejara salir. Por fin un día este decidió dejarle ir pero acompañado de un sirviente al que encargó que solo le enseñara lugares bellos. En el exterior, vio una realidad hasta entonces desconocida para él. Además de muchos lugares bellos, Siddharta se cruzó con un mendigo, un anciano renqueante y un cádaver. Era la primera vez veía algo así, todas estas circunstancias de la vida humana se le habían ocultado hasta aquel momento y le dejaron en totalmente en shock

De vuelta a su lujosa casa, Siddharta ya no era el mismo. Había sufrido una transformación. Una noche abandonó el palacio, dejando en él a su mujer y a su hijo y decidió que tenía que encontrar la causa de tanto sufrimiento.

En esta acción de Siddharta puedes encontrar su primera enseñanza: ¿dejarías tú una vida cómoda para encontrar lo que te falta?

Se unió primero a una de las órdenes de santones mendicantes hinduistas que habitaban la zona en aquel momento, y practicó el ascetismo a través del ayuno y la meditación pero decidió que de esta forma no iba a descubrir lo que estaba buscando así que, resuelto a encontrarlo, se sentó bajo una higuera dispuesto a no levantarse hasta que logrará la iluminación. Bajo ese árbol pasó 49 días, cuando se levantó era otra persona: Buda. El que está despierto.

Se dice que había alcanzado el Nirvana. Generalmente traducimos esta palabra como ‘iluminación’ pero para la filosofía budista, alcanzar el nirvana es extinguir el fuego de la llama, es decir, apagar el sufrimiento.

Buda, una vez iluminado, dio un sermón a cuatro de sus antiguos compañeros ascetas en el que expuso cuál eran las bases de lo que hoy conocemos como Budismo, con una parte teórica y otra práctica. En la parte teórica, es en lo que me quiero centrar hoy.

Siddharta nos dice que:

La vida es sufrimiento

La causa del sufrimiento es el apego

La extinción del apego trae la extinción del sufrimiento.

El camino para lograrlo es el camino del sendero óctuple.

buda

 

Si te fijas, Buda no habla de ninguna religión, sino de un problema y de cómo se puede solucionar.

La vida es sufrimiento, no solo físico sino también y sobre todo mental. Este último es el más común de todos, ¿por qué? Porque normalmente no es lo que nos pasa sino cómo reaccionamos a lo que nos pasa, lo que nos hace sufrir.

Pero entonces, si la vida es sufrimiento, ¿no existe la felicidad?

Claro que sí pero es transitoria.

Eso lo saben muy bien las empresas de publicidad. El bolso que te compras hoy ya no te llena mañana, los zapatos que tanto deseabas ya no te hacen ilusión la segunda vez que te los pones.

De esta forma pasamos la vida esperando que sucedan cosas que aparentemente nos traerán la felicidad: terminar los estudios, comprar una casa, tener pareja, jubilarnos, tener éxito en los negocios… Pero la vida no funciona así.

Una vez alcanzas cualquiera de estas situaciones, una vez que se dan, pierden todo su atractivo, cambian, se transforman. Cada vez que nos sucede esto vivimos con más angustia y creemos que el siguiente objeto o situación que se dé sí nos traerá la felicidad.
La vida se vuelve insatisfactoria, siempre nos hace falta algo.

¿Qué podemos hacer para solucionarlo?

Creo que lo más importante es comprenderlo, entender de lo que nos está hablando Buda:

El sufrimiento físico es inevitable, el sufrimiento mental, no. La insatisfacción que sentimos en nuestra vida se debe a una mala percepción de la realidad.

Con el tiempo todo cambia y se transforma: el amor se acaba, los amigos desaparecen, nos ponemos enfermos, perdemos un trabajo. La felicidad es transitoria. ¿Qué podemos hacer para eliminar el sufrimiento?

Lo más importante es comprender que la vida no es algo inmutable sino que está en continuo movimiento, las circunstancias cambian y es bueno que sea así. Los lazos de dependencia que creamos con personas, situaciones y cosas nos traerán sufrimiento antes o después. Para eliminar el sufrimiento hemos de eliminar el apego.

La única forma de vivir una vida serena es aceptar las circunstancias sean estas las que sean y no apegarse a nada ni a nadie. Y sobre todo comprender que nada que provenga de fuera nos puede traer la más mínima felicidad, nada.

Todos hemos sentido en alguna ocasión que la vida no puede ser solo esto, que tiene que haber algo más, algo que se nos escapa y que no encontramos por ningún sitio. Lo normal es que intentemos tapar nuestra insatisfacción usando muletas: la comida, el alcohol, la relaciones, los viajes, las conversaciones intrascendentes con personas que no nos importan lo más mínimo, la televisión, el trabajo, las compras…todas esas cosas que generan un alivio momentáneo pero que no llenan el vacío que hay en nuestro interior.

La realidad es que vivimos dormidos, somos sonámbulos que pasamos por la vida como zombis, sin entender nada. Muertos vivientes.

Pero Buda no nos dice solo eso, no da también la solución al problema y de esa solución, hablaré en mi siguiente entrada porque creo que por hoy ya es bastante.

Imagen Vía Pinterest

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Cosas que nos pasan a todos

A veces nos creemos muy especiales pero la triste realidad es que somos todos muy parecidos y a todos nos pasan las mismas cosas. Como muestra iba a poner un botón pero he decidido poner varios, así que después de leer esto decidme por favor que no soy la única a la que le pasa:

smile

• Planificare un viaje durante meses y que cuando llegue el momento te venga la regla. Si puede ser en mitad del aeropuerto de Amsterdam y sin tampones, mejor. No, no te tocaba.

• Ponerte a estudiar y que inmediatamente aparezca el tapicero “tapizando muy barato”, o el de los “ajos gordos coloraos”, o un clásico: el gitano del órgano y el chimpún-chimpún-chimpún. Hay también muchas posibilidades de que tu vecino empiece una reforma, sobre todo si estás en época de exámenes.

• Encontrarte con tu ex el día que llevas el pelo sucio, te has puesto lo primero que has pillado en el armario y tienes un orzuelo en el ojo. Todo junto.

• Pintarte las uñas y que inmediatamente empiece a picarte la espalda, la nariz o un pie. La cuestión es que te pique, y mucho.

• Que te llamen al móvil para concertar una entrevista de trabajo (después de un año en el paro), cuando estás en la cola del supermercado, guardando las cosas en bolsas como una pirada porque la cajera está intentado batir su propio record personal contra el lector de códigos de barras.

• Ponerte máscara de pestañas y estornudar inmediatamente después.

Comprarte algo que aparentemente te queda muy bien en el probador de la tienda pero una vez en casa, cuando te lo intentas poner por primera vez, te das cuenta de que te sienta como el culo. Por supuesto no lo puedes devolver porque se ha pasado el plazo para hacerlo.

Olvidar algo terriblemente importante justo en el peor momento. El pasaporte cuando vas a Cuba, el DNI antes de entrar a un examen, las llaves de casa cuando bajas al perro a las doce de la noche. Dejarte el USB en casa cuando vas a sacar fotocopias es lo más habitual del mundo.

• Cambiarte de carril en un atasco para que inmediatamente después el carril en que el que estabas comience a moverse a una velocidad más que razonable.

• Preguntar a alguien por su mujer-novia y que te conteste: “me acabo de separar, tío”.

• Felicitar a una amiga a la que hace tiempo que no ves por su embarazo y que te diga: “muchas gracias pero no estoy embarazada, estoy gorda”.

• Estar criticando a tu jefe en medio de un corrillo de compañeros y que de repente se haga el silencio más absoluto. Sí, amigo. Es tu jefe.

Ligar justo el día que llevas las bragas sobaqueras de Bridget Jones o los calzoncillos de Spiderman.

• Ponerte a dieta y que justo en ese momento te empiecen a llover invitaciones a cenas, comidas y eventos gastronómicos en general.

Podría seguir hasta la eternidad porque son cosas que, como he dicho, nos pasan a todos constantemente. Así que no creo que descubra nada nuevo al contarlas. Lo que si que me gustaría sería saber cuáles de estas cosas u otras similares os suceden a vosotros.

Entendedlo, necesito saber que soy como los demás, una ovejita blanca.

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EL TARRO DE LOS DESEOS

Hace exactamente un año escribí algunos deseos para el 2015 en papelitos y los guardé dentro de un tarro de cristal, después escondí el tarro tan bien que he tardado una hora en encontrarlo, y mi casa no es precisamente el palacio de Buckingham.

Me ha hecho mucha ilusión ir abriendo cada papelito y descubrir dos cosas: mi “yo” de finales del 2014 y que los deseos se cumplen. No todos eso sí. En mi caso la proporción ha sido doce de dieciocho. No está mal.

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Nuevos propósitos altamente subversivos (II)

Como todos los años, y adelantándome bastante, he puesto por escrito mis nuevas intenciones para el 2016.

año

Aprender a tocar el triángulo
Llevar a cabo al menos una acción absurda cada día.
Aprender a decir no cuando quiera decir no.
Sonreír a los desconocidos.
Bajar un poco el tono de voz.
Tomar vino tinto con el pescado.
Aprender a escribir con la mano izquierda.
Recibir a las visitas en pijama.
Cruzar la calle a la pata coja.
Poner mi energía en cosas inútiles, como contar estrellas.
Viajar al pueblo más pequeño del mundo.
Aprender alguna lengua que esté en peligro de extinción. Mejor aún: aprender alguna lengua muerta.
Responder con amabilidad a los que usen la hostilidad como arma para ocultar sus miedos.
Votar a un partido de los que no salen en la tele.
Reír a carcajadas sin motivo aparente en la sala de espera del dentista.
Apadrinar una ola.
Seducir con la mirada.
Valer más por lo que callo que por lo que hablo.
Cantar a pleno pulmón asomada a la ventana.
Decir, ¡propicios días! a todos los que vayan vestidos de amarillo.
Tratar con dulzura a la gente antipática, son los que más lo necesitan.
Escuchar de verdad a los demás, con el corazón y no solo con las orejas.
Tirar confeti a los que esperan el autobús.
Pedir el postre antes de la comida en algún restaurante especialmente de “moda”.
Saltar a la comba y jugar a la goma con mis amigas.
Besar en la mejilla haciendo mucho ruido, como las abuelitas.

Y sobre todo y ante todo, dar a las cosas la importancia que realmente tienen y vivir todos los días maravillándome de lo que me rodea.

Como siempre os dejo a vosotros las dietas, dejar el café, hacer ejercicio y visitar más a vuestros familiares.

Seguro que vosotros también tenéis buenos propósitos para el 2016, ¿os animáis a compartirlos?

Imagen Vía Pinterest

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¿En qué momento?

¿Recuerdas ese momento de tu vida en que la comida te daba asco?, ¿te ves a ti mismo delante de un plato de alubias contando los minutos para que se hiciera la hora de volver al colegio? Sí, había colegio por las tardes, no es una leyenda urbana.

No me digas que nunca preguntaste a tu madre después de soltar la mochila: ¿qué hay para comer?”, para decir después, ¡lentejas, puajjj qué asco!

Y así semana tras semana, y la comida como un enemigo  acechante dos veces al día. Pasaste muchos años sobreviviendo con el Colacao de las mañanas y el bocata de chorizo a media tarde. Con eso y algunas golosinas los domingos, pocas, porque la paga no daba para mucho.

Las comidas en casa eran un suplicio para nuestros padres, supongo. Nosotros liándola parda delante del plato y ellos intentando que comiéramos.

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