Barcos de papel

Andrea empezó a hacer barcos de papel cuando tenía nueve años.

Cuando terminaba de hacer los deberes sentada en su escritorio y mirando la pared que tenía enfrente, empezaba a imaginar cuánto le gustaría conocer países lejanos. Al tiempo que imaginaba las extraordinarias aventuras que podría vivir en esos lugares, Andrea comenzaba a fabricar sus barquitos de papel.

Primero cogía una hoja, la doblaba por la mitad varias veces y después la cortaba cuidadosamente. Con la primera mitad hacía su primer barco. A continuación, cogía el trozo de papel que le había quedado, volvía a doblarlo por la mitad y construía su segundo barco. Así seguía hasta hacer barcos cada vez más pequeños, una fila de barquitos hechos a escala que empezaba por un auténtico trasatlántico y terminaba en un barco tan diminuto como una pipa de girasol.
Una vez que tenía los barcos alineados sobre la mesa, empezaba a viajar a esos lugares que estaban dentro de su imaginación. Se veía viviendo extraordinarias aventuras en la selva, en China, conociendo a los yoguis de la India, escalando poderosas montañas, meditando con monjes budistas, navegando por ríos imposibles, comiendo pasta a todas horas y disfrutando de la vida a cada minuto.

Bateaux en papier ancien:

Han pasado muchos años, pero hace unos días se descubrió a sí misma haciendo barquitos de papel. Por alguna extraña razón, no se sintió triste, sino profundamente esperanzada. Hasta ese momento no se había dado cuenta de cuántas ilusiones se le habían ido quedando en el camino. Empezó a pensar nuevamente en todos los sitios a los cuales quería ir, en todas las ciudades que quería visitar, en todas las personas a las que quería conocer.
Se volvió a ver escalando montañas, navegando ríos y meditando en un monasterio en Lhasa.

Ahora lo tiene claro. Es su momento. Los barquitos de papel se van a convertir, por fin, en barcos de verdad.

 

Imagen Vía Pinterest

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La dicha

He soñado que viajaba en una furgoneta, recorría toda Europa y me bañaba en sus ríos. Tú me ponías flores en el pelo y me cantabas canciones al oído. No he visto tu cara pero sé que estás ahí, en algún sitio de los meses y los días que me quedan por vivir.

Nos reíamos a carcajadas, el sol me daba en la cara y atravesábamos corriendo campos llenos de margaritas. Sé que la felicidad me espera en los kilómetros que me quedan por recorrer, en los minutos, en las horas; en todos los atardeceres silenciosos con una copa de vino.

Gerhard Nesvadba "Field of Daisies" http://www.artshopnc.com/component/content/article/318.html:

He sentido la alegría de vivir, la inmensa felicidad de contemplar la maravilla del mundo sin juicios y con calma. Todo lo que me rodeaba era perfecto tal y como era. Había risas y espaguetis. También había un pueblo pequeño y una verbena. Las luces y los farolillos se movían con la brisa, bailábamos con gente que hablaba en otro idioma, un idioma que era igual que el tuyo y el mío.

El idioma de la dicha de compartir la luz que todos llevamos dentro.

 

Imagen Vía Pinterest

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Un cuento corto

-¡Quiero peras!
-Soy un olmo.
-Ya, pero yo quiero peras.
-Y de verdad que te entiendo y lamento no poder ayudarte pero te lo repito una vez más: soy un olmo.

 

ARTE Y JARDINERÍA DISEÑO DE JARDINES: OLMO COMÚN. Ulmus minor. Especie autóctona europea...:

 

Y así nos pasamos la vida, intentado que olmos den peras; intentando que quien no está a la altura de tu vida se ponga un poquito a tu nivel. Solo un poco y aunque sea una vez.

Te contaré un secreto: no funciona. Los olmos no dan peras. Si quieres peras tendrás que buscar un peral o mejor aún, plantar uno tú mismo. Tardará en dar frutos pero al final lo hará, seguro.

El cuento que te he contado es corto, la enseñanza es profunda y debes empezar a aplicarla lo antes posible si quieres vivir una vida plena. Con demasiada frecuencia rebajamos nuestras expectativas y nos mantenemos al lado de personas y situaciones que no nos convencen. Tenemos la sensación constante de tener una piedra en el zapato, sabemos en nuestro interior que estamos perdiendo el tiempo, malgastando nuestra energía en cosas que no valen la pena. Al final casi nos acostumbramos al dolorcito en el pie, a veces ni siquiera lo sentimos. pero un día, de repente, el dolor se hace más evidente y decidimos tomar medidas.

Cuando te llegue el momento, que te llegará seguro, te recomiendo que seas valiente. Tendrás que quitarte el zapato, tirar la piedra, curar la herida y seguir adelante. En el momento en que lo hagas verás como tu vida cambia a mejor sin que tú apenas hagas nada (lo importante ya lo hiciste el día que decidiste sacar la piedra).

No te mantengas jamás al lado de nada ni nadie que no cumpla tus expectativas, no permanezcas junto a alguien a quien no admires, no te tumbes debajo de un olmo a esperar que caigan peras.

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Ilusiones

-Buongiorno Mateo! Come stai?

-Bene, grazie. E tu?

Abbastanza bene, grazie!

 

La compra:

 

7:00 a.m. Sara se quita los cascos y mira la pantalla  del ordenador. Se ha levantado a las seis de la mañana y se siente un poco abrumada por tanta información nueva.

No pasa nada, se dice, esto es solo el principio. Todo cuesta un poco cuando se hace por primera vez.

Suspira, sonríe; piensa en su objetivo: Italia y se pone los cascos de nuevo.

-Buonasera signor Medini, come sta?

-Non c’è male. E Lei?

 

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Ausencias

Margarita salió de paseo un cinco de marzo de hacía 10 años.

No se llevó nada especialmente distinto a lo que solía coger a diario: móvil, llaves, cartera, gafas de sol, barra de labios, pañuelos de papel, una libretita y un boli; todo metido de cualquier manera en su pequeño bolso marrón. Nada más.

The Smallest Thing of the Universe by Agnes Cecile | Eyes On Walls:

 

No llevaba un tiempo rara, ni mostraba signos de tristeza o de agobio existencial. Sus amigos y su familia la recordaban como siempre en los días anteriores, seria en general pero alegre cuando tocaba serlo. No había sufrido ningún desengaño amoroso –que ellos supieran-, ni había discutido con nadie en el trabajo. Parecía estar contenta y tenía un montón de proyectos por delante que la ilusionaban muchísimo.

Había sido siempre un poco especial, eso sí. No le gustaban las reuniones sociales, ni las aglomeraciones de gente; solía pasar la mayor parte del tiempo sola y tenía un universo imaginario a su total disposición. No siendo especialmente dicharachera era muy amable con todo el mundo y sus vecinos la recordaban como una mujer de trato agradable.

Que se hubiera evaporado no resultaría extraño en cualquier otra circunstancia, -a todos nos dan a veces ganas de huir de nuestra vida-, pero sus padres tenían la certeza de que Margarita no se había marchado por voluntad propia.

No se había llevado a su perro y eso era algo que ella no habría hecho jamás.

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Marina la Divina

Marina es muy divina. Sale a la calle sin paraguas cuando llueve y suele llevar un zapato de cada color. Marina siempre da las gracias cuando se sube al autobús y le ceden el asiento. Marina tiene muchos años y se pinta los labios de rojo, no le gustan los niños pero vive rodeada de gatos.

Marina está ya a vuelta de todo. No escucha conversaciones intrascendentes ni finge interés cuando le hablan de otras personas. Marina no toma pastillas, lidia con el colesterol a pelo, sin ayudas farmacológicas. Es una viejita rebelde y contestona.

Viejita pero con estilo:

Marina no va al bingo de la Asociación de vecinos, no hace ganchillo y no sabe hacer pasteles. Tiene muy pocos amigos y rehuye las reuniones familiares. A Marina le gusta el fútbol y se ha dado de alta en Movistar Fusión solo para ver los partidos de su Atlético.
Marina cojea levemente pero no usa bastón por pura coquetería. No revela su edad a nadie, ni siquiera al médico las pocas veces que va a visitarlo. No le gusta dar detalles de su vida pero quienes la conocen adivinan que ha tenido que ser muy intensa, como ella.

Ha pasado un tiempo un poco mustia porque perdió a uno de sus gatitos una noche en que se olvidó de cerrar la puerta; desde ese momento, se pone una alarma para hacerlo a las diez de la noche todos los días.

Marina tiene Facebook y wassap, maneja las nuevas tecnologías como una jovencita. Escribe cartas de amor a Pérez Reverte y las envía firmándolas con un “Te adoro, moreno”.

Sabe que le queda poco tiempo en este mundo pero es rabiosamente feliz. Lee todos los días, hace solitarios, toma café con sus amigas y se pone películas antiguas en el DVD. Marina ha lidiado con todas y cada una de las dificultades que la vida le ha puesto por delante. Es una superviviente.

Si la encuentras en el supermercado no le cedas el turno en la cola, no te ofrezcas a llevarle las bolsas ni la mires con condescendencia. Te aseguro que es más fuerte que tú.

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Un hombre tranquilo

-Baja la basura, Juan.

Todos los días la misma orden a la misma hora. A veces con un susurro, casi siempre con un grito pero a las ocho de la tarde esa era siempre la consigna, el objetivo. El inicio de la guerra.

Juan remolonea un poco, le gusta sacarla de sus casillas, es su pequeña victoria de todos los días. Le sabe bien hacerla rabiar. Se consuela de todas las derrotas de tantos años, de tantas concesiones como ha tenido que ir haciendo para no sucumbir al desastre.

Hoy es un día un poco especial.

Edward Hopper:

Juan ha acumulado mucho resentimiento en su interior, ha acumulado toneladas de congoja, sacos de menosprecios en público y camiones de ira que ha ido sepultando bajo una máscara de cariño y buen humor fingido.

Hoy es un día muy muy especial, hoy es un día diferente.

Juan ha guardado una muda, dos camisas y su cepillo de dientes en una pequeña mochila. Podríamos decir sin temor a equivocarnos que hoy Juan es un hombre con un objetivo.

-¿Quieres bajar la puta basura de una puta vez? ¡Son las nueve de la noche, joder!

-¿Sabes lo que te digo, Marisa? Que la basura la saques tú.

Y después, coge su mochila y cierra muy despacito la puerta al salir de su casa, no quiere molestarla. Juan es un hombre tranquilo.

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Días tristes, tristes días

Había decidido quedarse en casa toda la mañana para llorar. El plan funcionó bien hasta las 10:30, hora en que unos Testigos de Jehová tocaron al telefonillo para “hablar de unos asuntos sobre la Biblia”. Ni que decir tiene que no abrió la puerta y por supuesto, el llanto cesó como por arte de magia. Esa llamada era una señal, tenía que serlo.

loui jover:

 

Esa nueva posibilidad la puso en marcha. Se lavó la cara con agua fría para bajar la hinchazón de los ojos, se recogió en pelo en un moño revuelto y se pintó los labios más rojos del mundo.

Con esas poderosas armas bajó al mercado. Paseando entre el brócoli y los lenguados le dio por pensar en su vida, en la de antes, en la de niña; en la de ahora. Le dio por pensar en todas las ilusiones, todos los sueños y todas las cosas que se habían quedado en el camino. Mientras pensaba y paseaba, intentaba decidir lo que haría para comer.

Ya en casa, removiendo el arroz con una cuchara de palo, empezó a llorar de nuevo. Despacito primero y con grandes suspiros después. Las lágrimas se mezclaron con el sofrito. “Hoy la paella está exquisita”-dijeron todos-.

Algo bueno tenía que tener la tristeza.

 

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Una mujer

Ha subido una mujer con un carrito al autobús, ha sido raro porque en el cochecito no había ningún bebé sino un carro de la compra en posición horizontal. Me ha llamado la atención.

Después ha pasado su bonobús por el lector de tarjetas y ha preguntado en voz muy bajita al conductor: “¿cuánto dinero me queda?, puse cinco euros el otro día y ya he hecho cuatro viajes”. El chófer le ha contestado que mirara la pantalla y entonces me he dado cuenta, bueno, creo que ambos nos hemos dado cuenta al mismo tiempo de que la mujer no sabía leer. El conductor le ha explicado que le quedaba dinero para un solo viaje más.

He sentido una gran compasión en ese momento, no sé bien cómo explicarlo. He visto la expresión de su cara y he imaginado una vida llena de dificultades y me ha dado pena y rabia al mismo tiempo. Era una señora muy guapa y se la veía triste, vencida.

Me hubiera gustado abrazarla en ese momento, decirle que no se preocupe, que seguro que la vida le va a traer un montón de cosas buenas porque se las merece. Se ha bajado frente a las viviendas sociales. Los dos carritos estaban vacíos. Espero que esta noche tenga algo para cenar.

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Elisa siempre tiene frío

Elisa siempre tiene mucho frío, hasta en verano. No sale nunca de casa sin una chaqueta finita en pleno mes de agosto porque dice que las noches son frescas y los aires acondicionados traicioneros.

En invierno sufre mucho. Su atuendo se compone de capas y más capas de ropa. Elisa es una cebolla humana y camina por la calle como las embarazadas, bamboleándose. Antes de pisar las aceras tiene que hacer revisión mental de todos los accesorios que necesita: guantes, bufanda, gorro, orejeras… Nada se le puede olvidar pues el más mínimo descuido supone que Elisa pueda morir congelada mientras espera el autobús.

invierno

Imagen Vía pinterest

Su vida es muy difícil, y a las inconveniencias del frío en el cuerpo se unen las del frío en el alma. A Elisa no la entiende nadie, ni su propia madre que se pasó años abrigando a su hija como si vivieran en Siberia.

En las ocasiones en que la madre de Elisa consultó con algún especialista acabó siempre defraudada. Ningún médico supo explicarle la raíz del problema de su hija, y harta ya de perder tiempo y dinero, se le ocurrió acudir a la consulta de un curandero famoso. Tras media hora de rezos, el hombre con túnica morada le recomendó que hiciera a su hija todas las noches una tortilla con tres huevos, una pizca de perejil y una cucharadita de coñac y que se la pusiera sujeta con un pañuelo encima del corazón.

Después de una semana y cansada de que su hija se levantará con olor a taberna pero tan helada como siempre, la madre de Elisa se tomó el coñac que quedaba en la botella y dejó de hacer las tortillas borrachas.

Los años pasaron y el problema siguió ahí. Elisa se acostumbró a tener siempre frío, a temblar constantemente y a que la gente la tomara por una lunática deseosa de llamar la atención.

Pero hace un mes que las cosas han cambiado para ella. Sentada en la parada del número 27, Elisa ha conocido a un chico que va en mangas de camisa en diciembre. Todavía no se ha atrevido a hablar con él pero una llamita de diminuta esperanza ha empezado a brotar en su pecho, y hace tres días que se atrevió a salir sin guantes. Le falta un poco de osadía para entablar conversación pero se ha puesto como fecha tope el próximo viernes.

Es mucho lo que se juega.

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