LA ILUMINACIÓN

Faustino era pastor. No era algo que hubiera elegido ni que le pareciera bien ni mal. Era simplemente lo que se suponía que tenía que ser siendo el mayor de seis hermanos y el único varón de la casa.

Su padre, su bisabuelo y su tatarabuelo habían tenido el mismo oficio. Era la herencia de una familia humilde pero honrada. Una estirpe de buena gente que había dedicado su vida al trabajo duro y a sacar adelante a sus hijos haciendo lo que sabían.

Faustino no era un niño especial, no destacaba en nada. Había aprendido a leer y a escribir en la escuela hasta los catorce años, y no había sido un alumno especialmente brillante.

Desde bien pequeñito acompañaba a su padre y a las ovejas a caminar por los riscos a las afueras del pueblo. Iba con él algunas tardes y los fines de semana para ir aprendiendo el oficio. Cuando terminó la escuela no se le había pasado por la cabeza hacer nada distinto, así que, una mañana de verano, se plantó frente a su padre y con esa voz aún sin componer de los adolescentes, le dijo muy serio:

-Padre, olvídese de las ovejas. Usted ya ha trabajado bastante, a partir de ahora me encargo yo de ellas.

Y eso hizo. Comenzó a pasear con ellas desde muy temprano en la mañana y hasta muy tarde por la noche. No solía llevar ninguna compañía más que su perro y sus pensamientos. No se sentía ni triste ni feliz, simplemente caminaba. Dejaba que el sol del verano le quemara la cara y se pelaba de frío en los meses de invierno. Andaba, andaba y andaba.

Con el paso del tiempo empezó a hacerse preguntas, preguntas que no es que le atormentaran, pero sí que le producían una cierta inquietud. Tenían que ver con pensamientos que ni siquiera sabía que tenía. Se interrogaba sobre sí mismo, sobre el sentido de su vida. Empezó a plantearse si hacía lo que realmente quería o era el destino el que siempre había guiado sus pasos. Empezó a sentirse cada vez más inquieto.

Una tarde acudió a hablar con uno de sus antiguos profesores, don Hilario, que siempre había sido muy afable con sus alumnos, y le contó lo que le pasaba.

Su antiguo profesor de Historia le miro muy serio y le dijo: -“Faustino, hijo. A ti te ha picado el gusano y no tiene solución. Una vez que empiezas a hacerte ciertas preguntas, la vida ya no es igual. De momento, puedes empezar a leer mientras encuentras una salida. Si es que la llegas a encontrar alguna vez”.

El libro tonto de Beatriz Giménez de Ory. Il.lustració desde http://foto.libero.it/Kundera.....

Y eso hizo, empezó a leer. Se leyó uno por uno todos los tomos de Historia que había en la modesta biblioteca de su profesor, luego las grandes obras de la Literatura universal, libros de Matemáticas, de Ciencias… Todos y cada uno de ellos. Sentado debajo de los olivos seguía buscando respuestas a su desasosiego vital. En ese estado mental se encontraba, más confuso aún que al principio, cuando se topó un buen día con La crítica de la razón pura. No necesito más.

En su cerebro se forjó una idea, muy pequeña al principio, casi como la luz de una vela. Una idea que fue creciendo y que terminó dando su fruto. Faustino terminó sus estudios superiores, después se licenció en Filosofía y se jubiló hace poco, habiendo dedicado su vida a la enseñanza de esta materia tan maltratada.

Nunca se lamentó de haber dejado de pastorear, pero lo cierto es que tampoco llegó a alcanzar la iluminación.

(Este relato está basado en una historia real, los nombres son ficticios, y las circunstancias seguro que no son tan exactas cómo me gustaría. Lo importante es que los sueños de aquel niño pastor se cumplieron y hoy están escritos aquí para que no se pierdan en la memoria).

Imagen Vía Pinterest

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