LA ISLA

Desde que nació siempre ha sido una isla. A los dos años sabía hablar perfectamente pero no le daba la gana de hacerlo. Había aprendido a “mangonear” a los mayores señalando lo que quería con el dedo y haciendo una especie de gruñido bajito. La fórmula le funcionaba tan bien que había decidido no cambiar de estrategia hasta que fuera absolutamente necesario.

Sus primeras palabras las pronunció estando cerca de cumplir los tres años. Fue una tarde a la salida del metro. Su madre tropezó con un escalón, ella la miro desde abajo y pronunció en voz alta y con una dicción absolutamente clara: “¡Anda y cáete, gilipollas!”

Toda la familia celebró que la niña no era retardada, como habían llegado pensar en alguna ocasión, y pronto se dieron cuenta de que en realidad era bastante más inteligente que la media de los niños de su edad.

Desde pequeña empezó a dejar claro que le gustaba estar sola, que no necesitaba la constante compañía de los demás para estar contenta. Quizás intuían que tenía un mundo imaginario en el que prefería vivir, y así era. No le gustaba jugar con muñecas y pasaba casi todo el rato leyendo o imaginando historias.

 

 

Faro de la Isla de Mouro. Santander | Cantabria | Spain

A los nueve años, cuando se celebraron las elecciones generales, se había construido una tabla con el nombre de los partidos políticos que se presentaban y los resultados que iban a obtener. Acertó plenamente. Fueron las primeras elecciones que ganó el PSOE en España. Recordaba la ilusión de su padre y el desencanto que vino después.

Aprendió a encerrarse en sí misma y continuó haciéndolo durante la adolescencia. Participaba de las fiestas de la pandilla y de las reuniones y de los juegos de cartas, pero seguía siendo una isla.

Lo ha sido siempre, durante su juventud y en la edad adulta. Lo va a ser siempre. Es una roca, un faro, una montaña, un iceberg, un planeta, una estrella, el Universo. Es todo eso y mucho más.

Vive en un lugar en el que no entra nadie, un espacio que es solo suyo y que es territorio virgen. En ese sitio encantado, convive con sus sueños, con sus alegrías y con sus tristezas.

Es el espacio de los planes imposibles, de las historias maravillosas, de los barcos que a veces navegan por el medio de su salón.

No le importa ser así. De hecho, lo prefiere. Los mundos imaginarios siempre son más interesantes que este.

Imagen Vía Pinterest

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