Los cuentos de la abuela

Mientras sigamos siendo lo que somos, cuando el sol se pone  a todos nos  gusta sentarnos delante del fuego para que nos cuenten historias. Os dejo la mía  para hoy:

“Le gustaba pasear en el cementerio. La costumbre le venía de chico, cuando su abuela le llevaba todos los domingos a limpiar la tumba de aquel abuelo al que no conoció.

Llegaban siempre temprano, nada más abrir las grandes puertas de hierro; caminaban despacio hasta el final de la segunda senda de piedra, y allí, entre un domador de leones muerto en pleno espectáculo y una maestra de escuela, se encontraba la lápida familiar.

Con esmero quitaba el polvo al mármol la abuela mientras él tiraba las flores marchitas y cambiaba el agua verde de los jarrones. Tras el aderezo venía el desayuno, la abuela se sentaba sobre la lápida del esposo muerto y sacaba de una bolsa pan, queso y dulce de membrillo; con esmero cortaba para su nieto una gran rebanada del pan oloroso y tierno y observaba como este comía con el hambre que solo tienen los niños.

Tras el refrigerio la abuela se sacudía las migas de la falda, guardaba el cuchillo mellado en la bolsa, se acomodaba mejor en su asiento y comenzaba una de sus historias. Esa era sin duda la mejor parte del día, las historias.

Cuando la abuela faltó, continúo acudiendo al cementerio todos los domingos, ahora limpiaba dos tumbas y nadie le contaba historias, lo único que no había cambiado era el desayuno. Para llenar el vacío de los cuentos ausentes comenzó a imaginar sus propios relatos, y así, leía las lápidas de los difuntos y rellenaba los huecos que había entre las dos fechas.

Todos sus muertos eran personas muy interesantes con vidas llenas de aventuras. Las mujeres eran bellas, los hombres valientes, sus historias estaban llenas de pasión y heroísmo. Poco a poco su propia vida se fue desdibujando, perdió el interés por las cosas cotidianas y comenzó a habitar un mundo imaginario en el que los difuntos eran sus compañeros. Andaba todo el día como los enajenados caminando sin rumbo y hablando solo. Su familia decidió internarlo, -es lo mejor para él-, se decían tratando de autoconvencerse.

En el manicomio, lejos de recuperar la cordura, su enfermedad fue a peor, ahora los muertos le visitaban por las noches, le susurraban al oído, le enviaban mensajes para los vivos. Atrapado entre dos mundos, así se sentía, agotado de tanto escuchar vidas ajenas.

Una noche de insomnio sofocante, al límite de sus fuerzas, decidió invocar a la abuela muerta:
-Abu por favor, échame una mano, no puedo más, habla con tus compañeros diles que me dejen en paz, necesito descansar, recuperar mi vida, salir de aquí.
Entonces una voz lejanísima y muy débil contestó a su ruego:

-No te molestarán más, te lo prometo, pero a cambio necesitan que hagas una cosa.
-¿Qué cosa abu?
-Escribe sus historias, cuéntalas para que no se olviden, para que no se pierda su memoria. Las de todos; las de Carmelina la pianista con seis dedos en cada mano, la de Alfredo y su miedo a las mariposas, la de Juan y su afición a vestirse de mujer, la de Herminia y sus amores con su cuñado. Ponlas todas por escrito y te garantizo que no te volverán a visitar.

A la mañana siguiente pidió papel y lápiz y debajo de la ventana comenzó a escribir”.

imagen

Share on Facebook0Tweet about this on TwitterShare on Google+0Pin on Pinterest0Share on LinkedIn0Email this to someone

Deja un comentario